La crisis de los 3 años

La crisis de los 3 años.

Un bebé es una persona.

Un niño es una persona.

Es obvio, ¿verdad? Esto es tan simple y evidente. Todos lo sabemos: madres, padres, abuelos, hermanos, profesores, educadores, médicos,… todos lo sabemos, pero la mayoría de las veces se nos olvida.

Un bebé es una persona y tiene su propia forma de ser y, además, como cualquier persona, la va modelando con las experiencias que vive. Hay varias etapas en la vida en las que ese “remodelado” se hace más evidente: alrededor de los tres años, en la adolescencia, e incluso también en la edad adulta (la llamada “crisis de los 40” podría ser una “remodelación” más).

Estas “crisis” responden a cambios. En la primera de ellas el bebé pasa a ser un niño, en la segunda el niño pasa a ser un joven adulto y en la tercera probablemente lo que intentamos es convertirnos en la persona que siempre hemos querido ser. Quizá, dentro de poco, con el aumento de la esperanza de vida, exista también la crisis de los 60 o la de los 80. De momento, la que más os interesa es la primera.

Este artículo surge después de leer en el blog de Mª José Sarrión, que quizá conozcáis más como “La alcoba de Blanca”, una entrada que hacía referencia a esta complicada época: “De cómo mi bebé se convirtió en un Gremlin”

(aquí el enlace: http://www.alcobadeblanca.com/2015/02/de-como-mi-bebe-se-convirtio-en-un.html?utm_source=blogsterapp&utm_medium=facebook)

 

La crisis de los 3 años. La temida y odiada crisis de los 3 años. En algunos niños casi ni se nota. Son personas tranquilas, pacientes, de carácter suave,… pero hay otras personitas que necesitan hacerse ver, que requieren, para afianzar su personalidad, imponer su criterio o sus caprichos, o su voluntad, o todo ello a la vez. Es inevitable, hay algunos niños que, durante una época más o menos larga, utilizan sistemas muy desagradables para conseguir sus propósitos, por inverosímiles  que nos parezcan a los adultos.

La buena noticia es que estas crisis pasan, como todas las crisis. La mala es que, cuando estamos en ellas, nos parece que nunca van a terminar.

Partiendo de la idea de que es una situación temporal, os resultará más fácil sobrellevar los problemas que van surgiendo.

Además es muy importante tener calma y tranquilidad cuando nuestro “muñequito” se convierta, casi de repente, en Chucky, el muñeco diabólico.

Sé que a veces todo esto de la calma y la tranquilidad suena a ciencia ficción, pero, además de ser el principal consejo de los profesionales de la sicología infantil, es también un consejo fruto de mi propia experiencia. Si a la rabieta del niño unimos nuestro enfado, nuestros nervios y malhumor, sólo conseguiremos un empeoramiento del problema.

Otro punto a tener muy en cuenta es seleccionar lo importante de lo que no lo es. En esta etapa el niño está reafirmándose y hay que dejar  que madure, que tome algunas decisiones y que vaya aprendiendo las consecuencias de sus actos. Sin embargo, hay muchas cosas innegociables y tienen que existir normas de obligado cumplimiento. No merece la pena soportar una rabieta de una hora porque el niño no quiera terminarse todo lo que hay en el plato, pero quizá sí sea importante que se alimente de comida y no de caramelos y chucherías.

Sólo vosotros podéis decidir dónde está el límite, como muy bien nos apunta Carlos González en una pequeña entrevista que os dejo aquí

(https://www.youtube.com/watch?v=wW5LdJT8FJQ)

 

No caigáis en la tentación de consentírselo todo por sistema, precisamente ese es uno de los peores caminos que se pueden escoger. Es más que probable que un niño que crece sin límites, además de no ser feliz, no sepa relacionarse con los demás.

Os recuerdo, como leí una vez, que toda crisis tiene 3 cosas: una solución, una fecha de caducidad, y una enseñanza para tu vida.

Os deseo mucha suerte para sobrellevar esta etapa de vuestros pequeños y espero tenerla yo también para aguantar la crisis de adolescencia de mi “pequeño” de metro ochenta.

 

 

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